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 micha_incense

 
 
El incienso
 
 
Muchas veces he hecho ofrendas de incienso en el pequeño altar de casa, un estatuilla del buda de la medicina, otro buda de pequeño tamaño, ambos bendecidos, y un recipiente para el incienso. También he visto muchas veces ofrecer incienso en las ceremonias budistas, cada uno a su estilo. Siempre me han gustado los rituales y ceremonias, resulta curioso ver una cosa tan simple cuántas formas y utensilios puede tener.
Los tibetanos parece que ponen las ofrendas de incienso encendido en unas cajas de madera, en general rojas con motivos budistas pintados en colores vivos. El incienso arde lentamente en el interior de la caja, que va a quedar algo chamuscada. Nunca he visto lo que hacen con las cenizas ni tampoco me han dicho qué se hace pero me da la impresión de que se tira sin más.
En Shambhala se ofrece una barrita de incienso que es colocada de forma vertical en un recipiente. Tampoco he visto lo que se hace con la ceniza que queda. En una ocasión vi cierto desaliño en el modo en que estaba el incienso y la suciedad alrededor, el altar necesitaba una pequeña limpieza. En el zen encontré una manera de hacerlo que me gustó más que lo que había hecho hasta ese momento. Las cenizas servían de soporte para las barritas que se van poniendo cada día. Pregunté a una persona que limpiaba el altar y me explicó cuatro cosas, me dijo que no se tocaba con los dedos, que había que colarla y, y eso me enganchó de alguna manera de la que no fui consciente hasta un tiempo después.
El incienso me empezó a perseguir y practicar, cada vez que hacía la ofrenda algo iba sucediendo en mi interior sin que me diera cuenta y me condujo a ver un simbolismo en la ceremonia. Cada barra de incienso significa o representa una experiencia completa, una vida completa, una etapa completa, un acontecimiento completo, una realidad completa, un dharma, una unidad completa de experiencia, una vía, el Dharma.
 A veces la barra es más grande que el recipiente y la parto en dos o tres trozos para poder quemarla adecuadamente. Si quemas más de la cuenta el aire de la sala se hace irrespirable, si la barra es grande no se podrá plantar adecuadamente. Tenemos que manejar las experiencias de acuerdo con lo que tenemos, podemos intentar aprovechar un poco más pero no de modo que resultemos dañados, sea perjudicial, inadecuado o que sea imposible de manejar. La barra necesita una llama inicial para poder arder. Si la llama no es suficiente prenderá poco o nada y se apagará inmediatamente, si es muy intensa puede que eche a perder una porción de la parte superior. Así es como entramos en las experiencias. Una vez que está prendida la ponemos en nuestra frente y nos inclinamos ante el altar. A continuación la plantamos en el incensario. Es necesario una determinación firme y precisa para plantar la barra a la profundidad justa, sin que se caiga ni quede demasiado inclinada. Ha de quedar más o menos en el centro del recipiente. La barra había empezado a arder pero todavía había unos momentos iniciales en los que no hacíamos nada con ella, sólo la sosteníamos, ahora la hemos plantado y puede vivirse la experiencia de modo acorde con su naturaleza. Una vez iniciada la relación o la experiencia la plantamos para que pueda desarrollarse. El recipiente para plantar el incienso no puede ser muy pequeño, porque entonces la experiencia o el dharma no caben y se caen. Si es muy grande es como tener miedo de que se caiga, querer asegurarnos mucho de que va a salir bien. Si es muy profundo puede que quede una parte grande de la barra sin quemar. Es como si quisiéramos hacer un monumento de nuestra experiencia de placer o dolor, bien anclado a nosotros. El recipiente ha de tener la dimensión justa y proporcionada a su función y al conjunto del altar, lo que es como integrar adecuadamente la relación o la experiencia o el dharma en nuestra vida y nuestro mundo. Lo que más me ha gustado es ver recipiente lo más naturales posibles, madera, arcillar, cerámica; los metálicos no me resultan tan atractivos y los plásticos ya ni siquiera entran en la clasificación.
Podemos ver en cada situación cuál es el modo natural de contenerla, sin artificiosidad y cómo se va a integrar en la vida. Es como los cantos o las oraciones, tienen la función de escuchar a los demás y armonizarnos con ellos, no cantamos sólo nuestra canción, la cantamos con todos. El recipiente somos nosotros mismos y nuestra vida, nuestro anhelo, nuestra pasión, la emoción con la que afrontamos la situación. El incienso empieza a arder y genera consecuencias en el mundo, sale humo, quedan cenizas. La ceniza es el pasado, lo que queda por quemar es el futuro, la pequeña luz que hay en medio es el lugar en el que se produce la combustión “ahora mismo”, la combustión, la vida, sólo sucede “ahora mismo”. La ceniza cae del mismo modo que mi memoria, por etapas, y cuando cae puede que una pequeña porción se pierda irremediablemente. La experiencia, la relación, el dharma son así, habrá pérdidas. Visto retrospectivamente, toda la ceniza era igual, pasada, inerte. La parte de la barrita que no se ha consumido por estar enterrada en el material que la sujeta es nuestro karma residual y habrá que recuperarlo y quemarlo de nuevo, tal vez en un lhasang.
La ceniza cae sobre lo que está sujetando la barra. Si es arena se mezclará y se echará a perder, si son piedrecillas o granos de arroz lo mismo. Tendremos que desprendernos de lo que ha caído en terreno no fértil. Pero si utilizamos la propia ceniza para sujetar la barra podemos valernos de nuestra experiencia pasada, reciclada, limpiada. Hay algo digno en ello, no tiramos el pasado por inútil, tiene una nueva utilidad. Cuando han sido quemadas unas cuantas barras hay que limpiar el recipiente, queda tanto karma enterrado que no se pueden asentar nuevas varillas. No tocamos la ceniza con las manos, no la contaminamos. La recogemos en pequeñas cantidades con una cucharilla y la pasamos por un colador fino para que caiga en un bote o recipiente para guardarla. Así podemos pescar nuestros trozos de karma, con cuidado y con la intención de limpiar y hacer que se consuma completamente. Después se vuelve a llenar el recipiente con la cucharilla y con la ceniza limpia. Pero siempre salen pequeñas partículas que no han ardido del todo y se volverán a limpiar una y otra vez. Recogemos los residuos y no los tiramos de cualquier manera, es como si el odio, el rencor, o el desdén no apareciesen, todo es tratado con delicadeza. También habremos limpiado el recipiente y el altar. Nos podemos conducir de la misma forma en la vida, con nuestro pasado y preparando un lugar adecuado para que el futuro pueda florecer, para que la siguiente experiencia, relación o dharma pueda tener lugar limpiamente. Cuando empecé a utilizar la ceniza no tenía nada para aguantarla y la pedí en un grupo zen. Podía haber empezado quemando de otra manera hasta acumular ceniza suficiente para poder ser utilizada, pero preferí que mi ceniza fuese heredera de un linaje de cenizas ya instituido, y también me sentí honrado por ello. Recogí cenizas de un lhasang y las añadí, como un nuevo linaje de cenizas. Después me quedó a mi el trabajo de llenar el recipiente, incluso de tener algo de ceniza de reserva y puede que un dar mi ceniza un día a alguien para que empiece a quemar su incienso.
Esto es todo. Seguro que hay más cosas interpretables en el acto de quemar incienso, pero no hay que decirlo todo, hay que dejar que los demás tengan algo que aprender, que puedan recorrer su camino.
 
 Antonio Plana - Barcelona